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	<title>Central de Trabajadores y Trabajadoras de la Argentina</title>
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		<title>Central de Trabajadores y Trabajadoras de la Argentina</title>
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		<title>El temblor de Octavio</title>
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		<dc:creator>Hugo Soriani</dc:creator>


		<dc:subject>Noticia 4 Bloque Grande Portada</dc:subject>

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&lt;p&gt;Lo conoc&#237; en el oscuro locutorio de la c&#225;rcel de Caseros, una tarde muy fr&#237;a del a&#241;o 81. Entr&#243; caminando muy despacio, acompa&#241;ado por un guardia del servicio penitenciario que le indic&#243; d&#243;nde sentarse: un taburete inc&#243;modo, frente al vidrio que nos separaba y que impidi&#243; el apret&#243;n de manos. Mi aspecto lo impresion&#243; un poco y no lo pudo disimular: &#8220;&#191;Tan mal los tienen?&#8221;, pregunt&#243; mirando mi cabeza rapada y el uniforme de presidiario: una chaqueta y un pantal&#243;n azules, siempre dos talles m&#225;s (&#8230;)&lt;/p&gt;


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		</description>


 <content:encoded>&lt;div class='rss_chapo'&gt;&lt;p&gt;Lo conoc&#237; en el oscuro locutorio de la c&#225;rcel de Caseros, una tarde muy fr&#237;a del a&#241;o 81. Entr&#243; caminando muy despacio, acompa&#241;ado por un guardia del servicio penitenciario que le indic&#243; d&#243;nde sentarse: un taburete inc&#243;modo, frente al vidrio que nos separaba y que impidi&#243; el apret&#243;n de manos. Mi aspecto lo impresion&#243; un poco y no lo pudo disimular: &#8220;&#191;Tan mal los tienen?&#8221;, pregunt&#243; mirando mi cabeza rapada y el uniforme de presidiario: una chaqueta y un pantal&#243;n azules, siempre dos talles m&#225;s grandes o m&#225;s chicos del que hubiera correspondido. Hac&#237;a unos seis meses que hab&#237;a llegado a Caseros, luego de seis a&#241;os en la prisi&#243;n militar de Magdalena, y mi cara ya era de un color entre amarillo y verdoso, similar al del musgo que crec&#237;a en las paredes de esa c&#225;rcel que hac&#237;a realidad la met&#225;fora: los presos viv&#237;an a la sombra.&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;
		&lt;div class='rss_texte'&gt;&lt;p&gt;Octavio Carsen fue el primer abogado con el que tom&#233; contacto. Llevaba casi siete a&#241;os detenido y dos condenas dictadas por tribunales militares. En los llamados Consejos de Guerra no exist&#237;a la figura del abogado defensor. Ese lugar era ejercido por un militar designado por el mismo tribunal, y en nada influ&#237;a en las sentencias dictadas de antemano.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Octavio escuchaba atentamente, preguntaba lo necesario, y volv&#237;a a ordenar mi relato cada vez que la ansiedad por darle detalles me desviaba de lo esencial: la irregularidad manifiesta de haber sido condenado primero a ocho a&#241;os y luego, en segunda instancia, a diez, sin que haya mediado apelaci&#243;n fiscal ni juicio donde se dirimiera nada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Carsen estaba curtido en escuchar ese tipo de relatos y era dif&#237;cil de sorprender. Pero no pod&#237;a disimular su asombro cuando algunos detalles cruzaban los umbrales de lo imposible, a&#250;n para los ins&#243;litos par&#225;metros de la justicia militar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Disimulando el espanto, nos re&#237;mos juntos aquella tarde en Caseros, cuando le repet&#237; algunos p&#225;rrafos de los pronunciados por nuestros supuestos defensores ante el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Ellos eran m&#225;s enf&#225;ticos que el propio fiscal, y solicitaban &#8220;condenas ejemplares y aleccionadoras&#8221; para ese grupo de ocho soldados conscriptos. Luego de ese simulacro de juicio, una tarde de octubre de 1977 un oficial del Ej&#233;rcito me abri&#243; la celda de la prisi&#243;n de Magdalena con el fallo en la mano y una lapicera para que lo firme. Al leerlo, y descubrir que la condena hab&#237;a aumentado, me negu&#233; a hacerlo. El oficial, un teniente que deber&#237;a tener mi edad, 24 a&#241;os, insisti&#243;, y al reiterar mi negativa, busc&#243; una soluci&#243;n r&#225;pida: me peg&#243; una trompada en la cara que me rompi&#243; la nariz y me dej&#243; en el piso por varios minutos. Cuando despert&#233;, el teniente ya no estaba. Mi negativa a firmar no cambi&#243; lo decidido y yo lament&#233; el nocaut m&#225;s contundente de mi vida.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Todo eso le cont&#233; esa tarde en apenas una hora a Octavio Carsen. El tomaba notas con su mano temblorosa, en la que yo hab&#237;a reparado apenas comenzamos a hablar, y adivin&#243; mi pensamiento. &#8220;No tiemblo de miedo, no te preocupes, es s&#243;lo un problemita de salud, me dijo sonriendo. No soy un superh&#233;roe y me cago como cualquiera, pero te juro que me he visto en peores&#8221;. Y sigui&#243; escribiendo mientras mi p&#225;lida cara se te&#241;&#237;a de rojo ante la verg&#252;enza de sentirme descubierto en la duda.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Desde ese d&#237;a, Octavio Carsen no dej&#243; recurso por presentar para que nuestra causa fuera reabierta por tribunales civiles y nuestras condenas anuladas. Volvi&#243; varias veces a Caseros para visitarme aunque no hubiera avances, s&#243;lo para acompa&#241;arme y darme &#225;nimos en esos a&#241;os oscuros. Habl&#225;bamos de pol&#237;tica, de mi vida, de la suya, de su trayectoria como abogado defensor de presos pol&#237;ticos en Uruguay, donde fue, adem&#225;s, fundador del Frente Amplio. En 1973, detenido y perseguido por la dictadura uruguaya, se exili&#243; en la Argentina y a&#241;os despu&#233;s se integr&#243; al Centro de Estudios Legales y Sociales (Cels), desde donde denunci&#243; junto a otros organismos defensores de derechos humanos los cr&#237;menes de la dictadura de Videla y el Plan C&#243;ndor.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Una tarde del a&#241;o 82 lleg&#243; a Caseros para una de sus visitas y se enter&#243; que esa ma&#241;ana me hab&#237;an trasladado a la c&#225;rcel de Rawson de manera inesperada. Su experiencia lo hac&#237;a desconfiar de esos traslados y r&#225;pidamente present&#243; un h&#225;beas corpus para que la justicia informara mi nuevo paradero. Tambi&#233;n para que autorizara la visita de mis familiares y la de &#233;l mismo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Durante esos meses en Rawson nunca dej&#243; de escribirme. Ya hab&#237;a solicitado un recurso extraordinario ante la Corte Suprema y me manten&#237;a al tanto de sus gestiones jur&#237;dicas y pol&#237;ticas para lograr la revisi&#243;n de la sentencia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La apelaci&#243;n fue rechazada. Pero Octavio no se dio por vencido y present&#243; un recurso de queja ante la misma Corte.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En medio de las idas y vueltas, en diciembre de 1983, el general Reynaldo Bignone, una semana antes de que asumiera Ra&#250;l Alfons&#237;n como presidente, dict&#243; decretos de indultos para aquellas condenas que no resistir&#237;an la revisi&#243;n en democracia y sal&#237; en libertad junto a m&#225;s de cuarenta compa&#241;eros juzgados en parecidas circunstancias.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Algunos d&#237;as despu&#233;s nos abraz&#225;bamos con Octavio en su estudio, rodeados por decenas de ex presos pol&#237;ticos reci&#233;n liberados y de exiliados que, de regreso al pa&#237;s, lo buscaban para refugiarse en su sabidur&#237;a y su paciencia. A todos escuchaba y para todos ten&#237;a alguna soluci&#243;n, adem&#225;s de palabras de aliento y esperanza. Ah&#237;, en su estudio, me reencontr&#233; con Laura, una compa&#241;era de militancia que tambi&#233;n retornaba al pa&#237;s, y desde entonces no nos separamos m&#225;s.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Por fin, en mayo de 1984, una ma&#241;ana me llam&#243; alborozado para informarme que su recurso en queja a la Corte hab&#237;a prosperado y se anulaba la sentencia dictada por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Si bien el objetivo de nuestra libertad se hab&#237;a anticipado, era un antecedente jur&#237;dico importante para otros casos similares. Los jueces supremos Genaro Carri&#243;, Carlos Fayt, Augusto Belluscio y Enrique Petracchi empezaban a reacomodar sus fallos a los nuevos tiempos democr&#225;ticos. Jos&#233; Severo Caballero vot&#243; en disidencia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tambi&#233;n en mayo, pero de 2012, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires lo nombr&#243; personalidad destacada en el &#225;mbito de los Derechos Humanos, en un acto tan emotivo como ajeno a su timidez y su manera discreta de andar por la vida.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Octavio Carsen muri&#243; el s&#225;bado. Con su bajo perfil de siempre, eligi&#243; estos tiempos de pandemia para irse y la despedida fue imposible.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Chau Octavio. Ahora s&#233; que el temblor de siempre en tus manos no era cagazo y espero que no te impida, est&#233;s donde est&#233;s, brindar otra vez con nosotros, tus compa&#241;eros.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Foto: Dafne Gentinetta&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;
		
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		<title>Chirola</title>
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		<dc:creator>Hugo Soriani</dc:creator>


		<dc:subject>Noticia 4 Bloque Grande Portada</dc:subject>

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&lt;p&gt;Ninguno de los que lo despedimos el s&#225;bado en el Parque de la Memoria supo explicar el origen de su &#250;ltimo sobrenombre, con el que fue bautizado por sus compa&#241;eros durante los a&#241;os de c&#225;rcel: Chirola. Para los que lo conocimos antes, a comienzos de los setenta, Gustavo siempre fue el Chino Westerkamp. Sus ojos rasgados no admit&#237;an un apodo diferente. &lt;br class='autobr' /&gt;
Sin embargo, todos ten&#237;an alguna an&#233;cdota para recordarlo, y de a uno lo fueron haciendo antes de tirar sus cenizas en el mismo r&#237;o en el que (&#8230;)&lt;/p&gt;


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		</description>


 <content:encoded>&lt;div class='rss_texte'&gt;&lt;p&gt;Ninguno de los que lo despedimos el s&#225;bado en el Parque de la Memoria supo explicar el origen de su &#250;ltimo sobrenombre, con el que fue bautizado por sus compa&#241;eros durante los a&#241;os de c&#225;rcel: Chirola. Para los que lo conocimos antes, a comienzos de los setenta, Gustavo siempre fue el Chino Westerkamp. Sus ojos rasgados no admit&#237;an un apodo diferente.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sin embargo, todos ten&#237;an alguna an&#233;cdota para recordarlo, y de a uno lo fueron haciendo antes de tirar sus cenizas en el mismo r&#237;o en el que hace dos a&#241;os arrojamos las de sus padres, los inolvidables Jos&#233; &#034;Pipo&#034; Westerkamp y Angela Muruz&#225;bal de Westerkamp, &#8220;Angelita&#8221;, ambos fundadores del CELS y de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Fue su hijo Mat&#237;as el que rompi&#243; el silencio, y de ah&#237; en m&#225;s fueron surgiendo las palabras de varios de sus compa&#241;eros de militancia y de c&#225;rcel. &#8220;Cuando yo era chico, pap&#225; me ped&#237;a que lo acompa&#241;ara a los talleres del conurbano adonde llevaba a arreglar las m&#225;quinas de su lavadero de ropa. Eran todos por la zona sur, Quilmes, Berazategui, Lan&#250;s, y siempre tom&#225;bamos caminos diferentes, nunca &#237;bamos por la autopista. Cuando crec&#237; y me di cuenta de las vueltas que d&#225;bamos, me anim&#233; a preguntarle por qu&#233; lo hac&#237;a. Por qu&#233; siempre eleg&#237;a el camino menos directo para llegar a destino.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#034;Porque quiero que conozcas siempre las rutas alternativas. As&#237;, si alguna vez te toca tener que escapar de las fuerzas represivas, vas a conocer todas las posibilidades&#034;, me dijo muy serio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En realidad, lo que &#233;l amaba era estar al volante. Y tanto placer le daba manejar que no le importaba el tiempo para nada, cuantas m&#225;s horas arriba del auto, mejor.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y sigui&#243;: &#034;Otra vez, a dos amigos m&#237;os los hab&#237;an detenido por portaci&#243;n de rostro y fueron in&#250;tiles las gestiones del abogado para liberarlos, as&#237; que recurr&#237; a la experiencia de pap&#225; buscando su ayuda. &#034;Llamemos a un abogado&#8221;, me aconsej&#243;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#8212; Ya lo hicimos, pa, pero no logramos sacarlos. Pens&#243; un momento y dijo: &#8220;entonces no queda otro camino que la acci&#243;n directa. Yo llamo a algunos compa&#241;eros y vos a algunos amigos. Vamos a buscar bulones al lavadero y rodeamos la comisar&#237;a. Si no los sueltan, cagamos a bulonazos la comisar&#237;a&#8221;. Pap&#225; era as&#237;, no se andaba con vueltas y cuando no encontraba soluciones de otro tipo prefer&#237;a la &#8220;acci&#243;n directa&#8221;. Por suerte ese d&#237;a no hicieron falta los bulones porque mis amigos salieron horas despu&#233;s.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Por escrito llegaron las palabras de Jos&#233; Cudina, dirigente Pyme del sector frigor&#237;fico:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La Asociaci&#243;n de Empresarios Nacionales (ENAC), que tuvo a Gustavo como uno de sus principales impulsores, ha decidido que uno de los salones de la sede de Avenida de Mayo lleve su nombre, como homenaje a su compromiso y su militancia por nuestro sector.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La Asociaci&#243;n que &#233;l ayud&#243; a nacer cuenta hoy con m&#225;s de doscientos socios y casi cien colaboradores.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Luego fue el Negro Winter, compa&#241;ero de Gustavo en varias prisiones quien lo record&#243;:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#8220;Con Chirola compartimos muchas celdas. Nuestros apellidos comienzan con la misma letra y siempre que hab&#237;a alg&#250;n traslado nos tocaba juntos. Estaba empe&#241;ado en ense&#241;arme a cantar, y como no ten&#237;amos otra cosa mejor que hacer, ensay&#225;bamos las escalas varias veces por d&#237;a. Do, re, mi, hasta que los dem&#225;s compa&#241;eros del pabell&#243;n o la guardia nos hac&#237;an callar. Yo desafinaba y &#233;l lanzaba esa carcajada que lo hizo famoso. Gustavo me ense&#241;&#243; a cantar y a ser mejor ser humano, nunca lo voy a olvidar&#8221;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Romina Ronco lo conoci&#243; a Chirola desde otro costado. Tiene 36 a&#241;os y fue novia de su hijo Mat&#237;as entre los 15 y los 20. Primera pareja de ambos, y la casa de Gustavo y Silvina, su ex mujer, como refugio de ese amor adolescente. Cenas, charlas y viajes compartidos, y en el medio las peleas de dos chicos que empezaban a descubrir un mundo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#8220;La casa de Gustavo y Silvina era nuestro para&#237;so privado &#8212;cont&#243; Romina&#8212;. Junto a ellos pas&#233; parte de mi adolescencia, las peleas entre Mat&#237;as y yo eran frecuentes y luego las reconciliaciones muy intensas y apasionadas. Gustavo era testigo involuntario, hasta que un d&#237;a la discusi&#243;n subi&#243; de tono. El escuch&#243; la pelea y muy t&#237;midamente golpe&#243; la puerta del cuarto. Le abrimos y nos alcanz&#243; un libro: &#034;Tomen chicos, me parece que ustedes necesitan leer algo as&#237;&#8221;, y nos regal&#243; &#8221;El Arte de Amar&#8221;, de Erich Fromm. Desde ese d&#237;a fue mi libro de cabecera. Gustavo fue para mi un padre del coraz&#243;n&#8221;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La ma&#241;ana avanzaba calurosa en ese muelle del que nadie se quer&#237;a ir. El mate iba y ven&#237;a, pasando de mano en mano. Julio Menajovsky prestaba su gorro para que otros compa&#241;eros se protegieran del sol. Se sumaban recuerdos, palabras y silencios con gusto a pena y a nostalgia. Gustavo Westerkamp estaba todav&#237;a ah&#237;. Su &#250;ltima pareja, Graciela Meroni, que lo acompa&#241;&#243; hasta el final, ten&#237;a la urna en sus manos y nadie se animaba a apurar el adi&#243;s.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La &#250;ltima an&#233;cdota uni&#243; a Gustavo con su mam&#225;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Otro compa&#241;ero de militancia del Chino cont&#243; que, en la primavera del 72, se juntaba a estudiar marxismo con &#233;l, al que s&#243;lo conoc&#237;a por su sobrenombre, en las aulas vac&#237;as de la UTN de Medrano y C&#243;rdoba. Una tarde, el hall de la facultad estaba cubierto de carteles que exig&#237;an la renuncia de la Dra. Westerkamp.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#8212; Que jodida debe ser esta profesora, le coment&#243;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#8212; S&#237;, es tremenda &#8212;le contest&#243; Chirola, la conozco bien.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;D&#237;as despu&#233;s los dos fueron detenidos juntos y al enterarse en la comisar&#237;a de sus respectivos apellidos, el amigo no pudo disimular su asombro.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#8212; Chino &#8212;le pregunt&#243;&#8212;, esa profesora Westekamp de la UTN, &#191;es pariente tuya?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#8212; S&#237;, es mi vieja &#8212;contest&#243; Gustavo, lanzando su cl&#225;sica carcajada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Angela Muruzabal de Westerkamp, aquella profesora a la que los estudiantes no quer&#237;an por sus posiciones pol&#237;ticas reaccionarias, se convirti&#243; con los a&#241;os en Angelita, la destacada militante por los derechos humanos que todos conocimos. Una madre que fue de nuevo parida por su hijo, como suelen afirmar las Madres de Plaza de Mayo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;As&#237; lleg&#243; el momento. Graciela y Mat&#237;as abrieron el cofre y todos fuimos tomando las cenizas para arrojarlas al r&#237;o. Pipo, Angelita y Chirola ya est&#225;n de nuevo juntos.&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;
		
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